¿Por qué nos da miedo estar solos?

soledad

A una buena oportunidad laboral deseada y buscada, se sumaba el cambio de ciudad. Suponía empezar una nueva etapa sólo en Madrid. En el fondo sabía que era lo que necesitaba en ese momento de mi vida y no lo dudé. A muchos les parecía arriesgado, incluso a mis propios padres en un primer momento, pero me veía con fuerzas y tenía que intentarlo. Sabía que significaría enfrentarte a una cantidad de pequeños retos, obstáculos, incomodidades y demás que en ese momento ni me imaginaba. Muchos de ellos, no son distintos a los que afronta la gente cuando empieza de nuevo en otro lugar lejos de lo que ha sido su casa. Ya había pasado en mi vida por momentos así cuando por un tiempo había vivido fuera, pero esta vez tenía un componente añadido. De algún modo significaba dar un salto al vacío y apañármelas por mí mismo en un entorno nuevo con mi discapacidad a cuestas.

Mi madre me acompaño los primeros días en Madrid para buscar piso y ayudar a que me instalase. Que no haría la santa de mi madre. Cuando ella cogió el tren de vuelta, es cuando realmente me di cuenta de que mi nueva aventura empezaba de verdad. La verdadera sensación de soledad empezó en ese momento.

Acepté la soledad como vino. Es más, la busqué. Necesitaba ver que podía. Mi nueva vida con mi mitad sin que aún fuera al cuadrado comenzó. No sé qué fue más duro si esos primeros momentos de manejarte prácticamente con una mano o disponerme a encajar las interacciones con los demás en todos los ámbitos en mi nuevo estado.

Saludar siempre con la izquierda de forma forzada y ver el rostro cambiante de la persona, no poder aplaudir, no ser capaz de cortarte un filete en un restaurante, ir al supermercado y no poder meter la compra en bolsas, no poderte poner unos pantalones en un probador porque no hay una silla que te habilite, bajar por unas escaleras con una maleta porqué se han estropeado las mecánicas o el ascensor, ¿sigo? No hace falta. Un sinfín de inconvenientes que que no te planteas hasta que no los vives.

La cabeza te puede jugar muy malas pasadas. Recuerdo un episodio en el que, noté unas pequeñas molestias en mi hombro izquierdo, mi paranoia me llegó a hacer pensar que me empezaba a pasar lo mismo en mi lado izquierdo. Estaba tan angustiado que ese mismo fin de semana mis padres me dijeron que fuera a Barcelona para que estuviera acompañado y me distrajese. Mis miedos seguían muy latentes y en parte, van a seguir estando ahí.

Ha sido un proceso de años llenos de estancamientos, desánimos, melancolías de tiempos pasados, desalientos, tristezas y caídas que han hecho que no fuera un proceso fácil y ni mucho menos lineal. Afortunadamente en la mayoría de los casos intentas no venirte abajo y eso es lo que te hace crecer. En muchas fases he necesitado reconocer que yo sólo no podía y no he tenido más remedio que pedir ayuda. He sido bastante reacio a admitir que me hacía falta que me echaran un cable. Ahora mirando atrás, quizás debería haberme dejado ayudar más. Habituarme a poner mis problemas más a menudo encima de la mesa y no tratar siempre de pasarlos por alto.

Esa etapa en soledad tuvo también su parte positiva. Por qué se relaciona siempre la soledad cómo algo triste. Es un buen momento para estar con uno mismo y hacer lo que te apetezca sin dar explicaciones. Madrid me ha dado la oportunidad de conocerme mejor. Hoy cuando veo gente comiendo sola en un restaurante, me veo a mí en la misma situación. Ir a comer a un restaurante sólo, puede ser que se dé la circunstancia, pero no suele ser lo normal. Me quedo mirándolos y trato de imaginar que les ha llevado a ese momento de soledad. Suelo fijarme a menudo y observar las historias de vida de la gente.

No me plantee de entrada conocer gente. Y eso fue un error. Estaba mucho más enfrascado en que mi día a día se pareciera a algo que se considerara “normal” y no se notaran mis taras. Luego cuesta mucho más reengancharte a la vida en sociedad. La soledad excesiva no es buena. Somos animales sociales y nuestra gasolina es interactuar con los demás. Todo es más gratificante si lo puedes compartir. Por eso, un pequeño esfuerzo para quedar con gente y romper esos momentos en lo que más deseas es estar sólo tienen mucho más valor del que podamos imaginar. Sin darte cuenta son las piedrecitas que vas poniendo para asentar tus nuevos cimientos. Y solo los puedes poner tú.

En esa primera etapa, las relaciones eran bastante “superficiales”. No me refiero a relaciones de postureo o falsedad. Si no que interactúas, pero sin profundizar, sin intención de abrirte en exceso. Y era yo el que primero ponía una barrera. Ese excesivo miedo al rechazo me bloqueó demasiado e impidió que me abriese a los demás.

Sergio Elucam

 

8 comentarios en “¿Por qué nos da miedo estar solos?”

    1. Jordi, uno de mis mayores placeres es encontrarme gente cómo tu en el camino. Un ejemplo de superación y de vida en mayúsculas. Me quedo pequeñito a tu lado, el verdadero campeón.

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  1. Tengo un hijo muy valiente y cada dia mas fuerte, precisamente porque con toda naturalidad nos enseñas tus pensamientos, tus debilidades y tus inseguridades.
    Tus miedos y tus pesadillas eran tambien las mias pero fué necesario que yo me subiera a ese tren (no sabes cuanto me costo hacerlo) para que tu pasaras por esa SOLEDAD BUSCADA que describes. Esa no es mala precisamente porque es buscada y voluntaria, llegando incluso a ser sanadora.

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    1. A mi también me sigue costando montarme en los trenes y alejarme de ti cuando voy a pasar un simple fin de semana con vosotros. Mirando atrás, esa decisión fue acertada y muy necesaria. Gracias por estar siempre ahí de forma incondicional madre

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  2. Eres un ejemplo superando retos, con una sonrisa, a veces disimulada, demostrando lo independiente y fuerte que eres.
    Taras? Ni nos damos cuenta. Creo que la gente lo que siente es más curiosidad, o preocupación que habrá pasado…somos unos cotillas… pero al minuto de conocerte dejamos de verlas y nos fijamos en la gran persona que eres y en tus valores.
    Que más da con qué mano nos saludas! lo que nos importa es el rato que pasamos juntos después del apretón de manos.

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    1. Gracias Linda! por seguir mirándome cómo siempre. Poca gente cómo tú sabía lo que significaba para mi dar ese paso. Cuando pienso en personas al cuadrado, tu eres un claro ejemplo. Sigue siendo un placer compartir muchas cosas contigo.

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