¿Somos capaces de reaccionar en las situaciones mas críticas?

exponerse

Este fin de semana tenía pensado publicar un post acerca de un maravilloso libro que me han recomendado. Todo lo que transmite merece mucho la pena y no quiero dejar de compartirlo con vosotros. Pero lo voy a dejar para la semana que viene. Y es que este blog es un blog vivo que se nutre en cada instante de momentos y sensaciones y precisamente ayer viví una experiencia que considero os tengo que contar.

Tiene que ver con el recurrente tema de mi imagen. Si, otra vez a la carga. Con el espejo muy dominado, últimamente incluso me estoy acostumbrado a dejar que me hagan fotos y eso lo estaba llevando razonablemente bien. Pero es que esta vez ha sido un paso más, aparecer en un vídeo. Una “encerrona inesperada” que trataba de dar cercanía a los lectores del blog. Algo a lo que no estoy acostumbrado y que me ha sacado drásticamente de mi zona de confort.

Hacía tiempo que no me veía en un video. Y es que en un vídeo crees que puedes palpar la realidad de forma más exacta. Y eso a mí me acojona. Ayer fue un día duro para mí por este motivo. Y no tiene nada que ver con las pocas tablas que tiene uno delante del objetivo, que también influye y en cierto modo, con el paso de las horas eres incluso capaz de ir soltándote, cosa que hace que la grabación vaya quedando algo más decente. Qué vergüenza. Sabía que el verme no me iba a gustar, las sensaciones han ido más allá y me han afectado más de lo que esperaba. Al verme, automáticamente me he preguntado si realmente se me ve así desde fuera. Que bajón. No me ha gustado lo que he visto y no he sido capaz de digerirlo bien. Uno se va generando la mejor imagen posible en su cabeza y este golpe de realidad me la ha desmontado en un momento.

El malestar y la angustia se han instalado durante más tiempo de lo que lo venían haciendo últimamente. Por un momento crees que las puedes controlar, pero esta vez me ha superado. Durante todo el día, he estado un punto más distante de lo normal intentando recolocarme después de este golpe. Te asaltan las dudas de todo el trabajo de aceptación que has hecho durante estos años.

Lo peor fue que me lo fui quedando dentro y no lo compartí. Por la noche todo eso explotó. Estaba acelerado, no me podía concentrar en nada, los músculos de mi cuerpo estaban tensos, con respiración acelerada y me empecé a encontrar mal de verdad. Parecía un ataque de ansiedad. ¿Cómo puede ser qué me pase ésto a estas alturas de la película? Hacía tiempo que no me sentía así. Necesitaba salir a dar una vuelta y que me diera el aire. Buscaba una forma de huir. Eso sería sin duda lo que hubiera hecho si hubiera estado sólo. No se cómo me habría ido, ni si hubiera conseguido calmarme. Posiblemente sí, pero eludiendo los motivos reales que me habían llevado a esa situación y no aceptándolo. Pero no, tuve la suerte de tener a alguien cerca. Alguien que te obliga a parar, a calmarte, que te habla y te hace ver las cosas de forma distinta a las que te empecinas en creer, a rebobinar y pensar en todo lo que has avanzado en estos años y en todo el camino recorrido, a darle valor a las cosas que realmente importan. También consigue que te distraigas hablándote de otras cosas o haciéndote reír.

El hecho de no estar sólo para mí ha sido clave esta vez. Gracias a esta persona al cuadrado que ha estado a mi lado.

Dicen que la ansiedad en dosis normales te ayuda a moldearte en tu vida cotidiana. Después de la agitación, reflexiono y llego incluso a considerar que el enfrentarme a esto me ha venido hasta bien. Me ha hecho ser consciente de que esto me puede seguir pasando pero que tendré mecanismos para controlarlo mejor.

Quizás el ponerme delante de una cámara sea un ejercicio que debería hacer más habitualmente, exponernos a nuestro miedos es luchar contra ellos y en la mayoría de casos es vencerlos.

Gracias al cámara S. G. por su paciencia, empatía y apoyo.

Sergio Elucam

¿Por qué nos da miedo estar solos?

soledad

A una buena oportunidad laboral deseada y buscada, se sumaba el cambio de ciudad. Suponía empezar una nueva etapa sólo en Madrid. En el fondo sabía que era lo que necesitaba en ese momento de mi vida y no lo dudé. A muchos les parecía arriesgado, incluso a mis propios padres en un primer momento, pero me veía con fuerzas y tenía que intentarlo. Sabía que significaría enfrentarte a una cantidad de pequeños retos, obstáculos, incomodidades y demás que en ese momento ni me imaginaba. Muchos de ellos, no son distintos a los que afronta la gente cuando empieza de nuevo en otro lugar lejos de lo que ha sido su casa. Ya había pasado en mi vida por momentos así cuando por un tiempo había vivido fuera, pero esta vez tenía un componente añadido. De algún modo significaba dar un salto al vacío y apañármelas por mí mismo en un entorno nuevo con mi discapacidad a cuestas.

Mi madre me acompaño los primeros días en Madrid para buscar piso y ayudar a que me instalase. Que no haría la santa de mi madre. Cuando ella cogió el tren de vuelta, es cuando realmente me di cuenta de que mi nueva aventura empezaba de verdad. La verdadera sensación de soledad empezó en ese momento.

Acepté la soledad como vino. Es más, la busqué. Necesitaba ver que podía. Mi nueva vida con mi mitad sin que aún fuera al cuadrado comenzó. No sé qué fue más duro si esos primeros momentos de manejarte prácticamente con una mano o disponerme a encajar las interacciones con los demás en todos los ámbitos en mi nuevo estado.

Saludar siempre con la izquierda de forma forzada y ver el rostro cambiante de la persona, no poder aplaudir, no ser capaz de cortarte un filete en un restaurante, ir al supermercado y no poder meter la compra en bolsas, no poderte poner unos pantalones en un probador porque no hay una silla que te habilite, bajar por unas escaleras con una maleta porqué se han estropeado las mecánicas o el ascensor, ¿sigo? No hace falta. Un sinfín de inconvenientes que que no te planteas hasta que no los vives.

La cabeza te puede jugar muy malas pasadas. Recuerdo un episodio en el que, noté unas pequeñas molestias en mi hombro izquierdo, mi paranoia me llegó a hacer pensar que me empezaba a pasar lo mismo en mi lado izquierdo. Estaba tan angustiado que ese mismo fin de semana mis padres me dijeron que fuera a Barcelona para que estuviera acompañado y me distrajese. Mis miedos seguían muy latentes y en parte, van a seguir estando ahí.

Ha sido un proceso de años llenos de estancamientos, desánimos, melancolías de tiempos pasados, desalientos, tristezas y caídas que han hecho que no fuera un proceso fácil y ni mucho menos lineal. Afortunadamente en la mayoría de los casos intentas no venirte abajo y eso es lo que te hace crecer. En muchas fases he necesitado reconocer que yo sólo no podía y no he tenido más remedio que pedir ayuda. He sido bastante reacio a admitir que me hacía falta que me echaran un cable. Ahora mirando atrás, quizás debería haberme dejado ayudar más. Habituarme a poner mis problemas más a menudo encima de la mesa y no tratar siempre de pasarlos por alto.

Esa etapa en soledad tuvo también su parte positiva. Por qué se relaciona siempre la soledad cómo algo triste. Es un buen momento para estar con uno mismo y hacer lo que te apetezca sin dar explicaciones. Madrid me ha dado la oportunidad de conocerme mejor. Hoy cuando veo gente comiendo sola en un restaurante, me veo a mí en la misma situación. Ir a comer a un restaurante sólo, puede ser que se dé la circunstancia, pero no suele ser lo normal. Me quedo mirándolos y trato de imaginar que les ha llevado a ese momento de soledad. Suelo fijarme a menudo y observar las historias de vida de la gente.

No me plantee de entrada conocer gente. Y eso fue un error. Estaba mucho más enfrascado en que mi día a día se pareciera a algo que se considerara “normal” y no se notaran mis taras. Luego cuesta mucho más reengancharte a la vida en sociedad. La soledad excesiva no es buena. Somos animales sociales y nuestra gasolina es interactuar con los demás. Todo es más gratificante si lo puedes compartir. Por eso, un pequeño esfuerzo para quedar con gente y romper esos momentos en lo que más deseas es estar sólo tienen mucho más valor del que podamos imaginar. Sin darte cuenta son las piedrecitas que vas poniendo para asentar tus nuevos cimientos. Y solo los puedes poner tú.

En esa primera etapa, las relaciones eran bastante “superficiales”. No me refiero a relaciones de postureo o falsedad. Si no que interactúas, pero sin profundizar, sin intención de abrirte en exceso. Y era yo el que primero ponía una barrera. Ese excesivo miedo al rechazo me bloqueó demasiado e impidió que me abriese a los demás.

Sergio Elucam

 

Cuando estamos equivocados y necesitamos que nos abran los ojos

revés

Han pasado diez años y tengo la certeza de que sigue profundamente equivocado. Estoy segura de que piensa que le he hecho favores y le he ayudado mucho. No es así. Es justo al revés.

Las personas que le acompañaron en su día a día durante la enfermedad son justas merecedoras de explicar cómo lo vivieron, cómo lidiaron con la incertidumbre y cómo batallaron con la sombra de sus miedos.

A mí eso no me corresponde. Y no me corresponde no porque no quisiera formar parte de ese nuevo día a día, sino porque él necesitó aislarse de la mayoría de sus amistades. Durante más tiempo del que me habría gustado él puso distancia y yo no tuve otra que respetar su modo de hacerlo, aunque me habría gustado estar más cerca para lo que fuera. Así que yo sólo diré que me costó mucho encontrar el equilibrio entre la prudencia de dejarle su espacio manteniéndome temporalmente alejada de él y la necesidad de hacerle entender que yo quería seguir formando parte de su vida.

Recuerdo a la perfección y con un cariño especial el día que por fin pude visitarlo después de mucho tiempo. Tengo que confesar que estaba más nerviosa que él, pero creo que conseguí transmitirle que pese al tiempo, pese a los cambios y pese a todo, para mí él seguía siendo la persona que conocí: ese compañero de estudios con el que había compartido muchas horas, conversaciones, bromas, ilusiones, etc.

Me di cuenta de que todo llegaría. Poco a poco, a su ritmo, que no al mío. Pero llegaría conforme él se fuese sintiendo seguro. Y así fue. Poco a poco volver a quedar se convirtió de nuevo en lo normal. Y con ello todo lo que había echado de menos: volver a meterme con él, a reírnos, a tener complicidad… Y con el tiempo las cosas se aposentaron y de manera natural volvieron a su sitio. Y de nuevo cosas que antes hacíamos sin darle importancia se convirtieron casi en grandes momentos que he disfrutado muchísimo. Cosas tan simples como los míticos bocatas de jamón que nos gusta desayunar, sobre todo cuando invita él….

Echando la vista atrás, no estoy segura si lo  poquito que he podido contribuir a aportar momentos de alegría o hacerle la vida más fácil lo he hecho de la mejor manera posible. Lo que sí sé es que lo he hecho con el mayor cariño y la mayor ilusión.

De lo que sí estoy plenamente convencida es de lo muy equivocado que sigue estando cuando piensa que yo le he ayudado. Para nada. Es justo al revés. Yo con él he tenido pequeños, simples e insignificantes gestos que no me costaban absolutamente ningún esfuerzo. Abrir una lata. Ponerle el cinturón del coche. Cerrarle la puerta. Nada. Todo eso no es absolutamente nada. Lo que sí que es, y mucho, es lo que él, pese a sus dificultades y limitaciones, se  ha esforzado para estar en mi vida y participar de los momentos importantes con la gran discreción que le caracteriza y sin ni una sola vez hacer alarde de los esfuerzos que hacía en pos de nuestra amistad. Recorrer con una paciencia infinita calle arriba y calle abajo para comprar zapatos de novia. Pasar todo un día fuera con más de cuatro horas de autocar para estar en mi boda, venir al extranjero a pasar unos días  y ver mi nueva vida, ayudarme a bañar al bebé en uno de sus primeros baños. Como veis, está totalmente equivocado. Soy yo la que estoy profundamente agradecida y me siento muy afortunada de tener un amigo como él.

Un detalle que aún le hace más grande es que jamás, en ningún momento, he percibido en él ni un solo resquicio de envidia hacia los que seguimos con nuestra vida mientras él lidiaba con una enfermedad que paró sus ilusiones. Jamás le he intuido autolamentarse. Y eso lo hace aún más admirable.

Han pasado más de doce años desde que nos conocimos y sigo viendo a la gran persona, humilde, discreta, trabajadora que conocí. Pero mejor. Si se mirara con mis ojos vería una persona muy madura, muy hecha a sí misma, mucho más capaz que antes y un gran ejemplo a seguir. Así que yo me siento afortunada de tenerle cerca e insisto: es justo al revés. Soy yo la que estoy en deuda con él y agradecida de poder formar parte de su vida. Como antes. Como antes de que me empezara a dar lecciones de vida.

 

Por muchos desayunos, risas y confidencias juntos. Estoy segura de que nuestra amistad superará cualquier barrera que podamos encontrar!!!!

Marta Estéban

¿Sabes lo que transmites con tu mirada?

miradas

Es increíble el poder que posee una simple mirada. En un instante te puede provocar una sensación de aceptación o rechazo. La gente ante algo que le resulta poco común o que no entiende reacciona de manera distinta.

Quizás ésto que estoy diciendo pueda dar a entender que vivimos en una sociedad poco avanzada y poco acostumbrada a convivir con la discapacidad o simpletente con lo que es diferente, yo sigo sintiendo miradas analíticas a mi diferencia física. Y me planteo, cómo lo llevaría si fuera aún más evidente. En mi caso, muchas veces llega a pasar desapercibido a primera vista, es al fijarse con más detalle cuando notan algo distinto de lo habitual. Te miran raro porqué tu cuerpo no se mueve bien o no pueden apartar la mirada de tu mano que como de costumbre no se abre.

Te genera una sensación incómoda con la que tienes que aprender a convivir y a la que necesitas adaptarte. Es como si con tan sólo una mirada se te encasillara y marcan una diferencia. En muchos casos es muy sutil pero se siente. He intentado tratar de interpretar esas miradas y es complicadísimo.

La gente que te conoce de cerca quiero entender que lo asume desde el primer momento y al convivir contigo, se acostumbra. Este grupo te mira como lo hacía antes y te hacen sentir como si fueras el mismo de siempre. Hay otro grupo que son los que tratan contigo de forma menos cercana, aunque pueda ser a diario, los hay que siempre te miran a la cara y no se fijan en nada más. Lo bueno es que al mismo tiempo son plenamente conscientes de que en algún momento te pueden echar un cable porqué saben que tienes alguna dificultad con determinadas cosas. Hay otros, que, aunque te vean muy a menudo, noto que se siguen sintiendo impactados por algo y no pueden evitar mirarte la mano fijamente. A uno le gustaría que fueran menos pero tampoco se puede evitar. Seguro que no lo hacen con mala intención, pero la sensación que te dejan es que algo en ti no es normal. Y, por último, está la gente que no te conoce de nada y te ven por primera vez. Las miradas y actitudes también son de todo tipo. Puede ocurrir que de entrada no se den cuenta, pero a medida que perciben que no muevo bien el brazo ni la mano, es cuando se desencadenan las miradas. Si me paro a pensar qué les estará pasando por la cabeza a cada una de las personas con las que interactúo, me volvería loco.

¿La gente puede aprender a mirar y no juzgar? Eso es prácticamente imposible porqué como seres humanos necesitamos encasillar lo desconocido, luego ya lo vamos asimilando y la mayor parte de las veces tomándolo como algo normal. ¿Cómo se debería mirar a alguien que notas que tiene algo diferente? La verdad es que creo que no existen pautas, cada uno reacciona como le sale, muchas veces la diferencia la marca la educación.

Me gustaría destacar la diferencia entre las miradas de los niños y las de los adultos. Es conmovedor ver cómo los más pequeños te miran sin ninguna carga social y sin referencias de lo que se sale o no de la normalidad. Les da verdaderamente igual y te hacen sentir cómodo.

Conclusión, ¿de verdad tenemos que estar a expensas de cómo se nos mira? Si lo analizamos,es más problema del que recibe las miradas. ¿No será entonces que la clave está en sentirse bien con uno mismo?

Yo he estado mucho peor fisicamente, con muchas mas dificultades de movilidad y he pasado por fases de mi vida en las que solo quería esconderme. Hoy, con todo lo que he avanzado tanto física como psíquicamente, aunque pueda parecer absurdo, de vez en cuando sigo sintiendo la necesidad de que no se me note, de pasar desapercibido. ¿Alguna vez llegamos a aceptarnos del todo? Cuando somos jovenes porque todos queremos ser aceptados por el grupo e intentamos ser iguales a los demás, cuando crecemos un poco mas porque queremos tener nuestra propia personalidad y no parecernos a nadie y cuando envejecemos porque no nos adaptamos a los cambios por los que todos tendremos que pasar.

Trabajar la aceptación es una asignatura pendiente en la que hay que esforzarse toda la vida.

Sergio Elucam